Hemeroteca :: 07/05/2009
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MADRID

Cada tarde del mes de mayo, matadores y aficionados encuentran la excusa perfecta para encontrarse en la calle de Alcalá

Por Víctor M. Feliu
Última actualización 08/05/2009@10:29:51 GMT+1
La Plaza de Las Ventas acoge en primavera tres ferias consecutivas: Feria de la Comunidad –del 30 de abril al 3 de mayo–, Feria de San Isidro –del 7 al 31 de mayo– y Feria del Aniversario – del 2 al 5 de junio–.
La cita es a las siete de la tarde, a la altura del 237 de la renombrada calle de Alcalá de Madrid, cualquier tarde del mes de mayo. El que para otros es el mes de las flores, se convierte para muchos aficionados y profesionales del mundo taurino en el mes de los toros, con un epicentro que eclipsa cualquier intento de rebeldía en afán de protagonismo: la Monumental Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid.

En ella se dan cita, a lo largo de mes y medio, las mejores figuras del toreo; aquellos que sueñan con ser, aquellos que son y aquellos que alguna vez fueron número uno en el escalafón. Ningún maestro debería nombrarse como tal, sin triunfar antes en el coso madrileño.

Al otro lado de la barrera, la que dicen ser la mejor y más exigente afición taurina del mundo, la que cuelga el cartel de ‘No hay billetes’ la mayoría de las tardes, la que puebla barreras, tendidos, palcos y andanadas con independencia de que haga calor, viento o lluvia, la que hereda los abonos de padres a hijos, la que encumbra al que se arrima y destierra al que se esconde, la que, en definitiva, organiza sus tardes de primavera para llegar a tiempo a la cita de las siete.

Unas 35 tardes de toros que proporcionan las tres ferias que se celebran cada año en Las Ventas: la de la Comunidad de Madrid, la de San Isidro y la más reciente del Aniversario. Más de 50 toreros, una docena de novilleros y otra de rejoneadores lidiaran más de 210 reses de unas 30 ganaderías, ante un graderío en el que caben hasta casi 25.000 espectadores por tarde.

Una buena tarde de toros, de esas que dicen de relumbrón, de clavel en la solapa, comienza mucho antes, en el momento en que la empresa hace públicos los carteles con los matadores y las ganaderías que participarán en cada festejo, cuando el matador ve su nombre impreso junto a otros dos toreros y un ganadero, cuando empieza a soñar con un toro bueno, que embista con casta, con bravura, que tenga fuerza. El aficionado examina cada cartel y marca en rojo esas tres o cuatro tardes que considera “seguras”. De algunas, destacará un nombre; de otras, la ganadería y de otras, incluso, esperará mucho y luego verá poco, “tarde de expectación, tarde de decepción”, se lamentará más tarde.

Con los calores del mes de mayo, el ambiente taurino se despereza entonces de su hibernación invernal, y Las Ventas, la calle de Alcalá, bares y estancos y alrededores empiezan a oler a toros, a esa extraña mezcolanza de aromas, donde el humo de puros y selectas colonias de las barreras y tendidos bajos se mezclan con el olor del albero, las reses, las mulas, los caballos, el sudor, la sangre, el miedo... Olor a tarde de toros.

Normalmente, las primeras figuras habrán pasado ya por otras ferias importantes, como las de Valencia y Sevilla, y llegar a Las Ventas supondrá un antes y un después en la temporada de cada uno de ellos. Algunos, los que aquí triunfen, harán olvidar sus malas tardes y los contratos se multiplicarán en la misma medida en la que los aficionados hayan vibrado con su faena. Los otros, por muy bien que hayan arrancado el año, verán bajar su caché y su puesto en el escalafón, a la misma altura de sus bajonazos en las estocadas. Por Madrid hay que pasar y aquí no se engaña.

Todo un ritual
Es por esta responsabilidad por la que muchos matadores prefieren encerrarse, aislarse de todo este ambiente taurino antes de su paseíllo en la Monumental.

El día previo, el diestro abandona por unas horas el histórico y taurino hotel Wellington, donde se hospedase allá por los cincuenta un joven novillero llamado Curro Romero o del que salieron en tardes gloriosas maestros como Palomo Linares, Ortega Cano, César Rincón, Espartaco, Esplá y tantos y tantos otros en busca de la gloria, para ir a probarse el traje –siempre de estreno para esta plaza– con el que se presentará mañana a la cita.

Llegada la fecha, aficionado, primero, y matador, unas horas después, repetirán el mismo gesto nada más levantarse: abrir la ventana y ver cómo está el día.

Al primero, le espera todavía un día de oficina, de la que no podrá escapar nada más que cuando recree para sus adentros cómo será la tarde. Al segundo, se le harán las horas eternas e intentará a lo largo del día alternar los momentos de suma concentración con los intentos de desconexión, que le llevarán a dar largos paseos por el cercano parque del Retiro. Regreso a pie al hotel, con una comida ligera.

Reunión de amigos
Ligereza alimentaria que queda en mero aperitivo para el que será su jurado esta tarde, pues a lo largo de los años muchos han sido los aficionados que han sabido y conseguido amoldar sus agendas de trabajo para dejarse libre algunas tardes del mes de mayo, para poder disfrutar de una buena y suculenta comida junto a amigos y aficionados, en los alrededores de la Monumental, en una de las mesas de los numerosos restaurantes que destacan en la zona, donde compartir viandas y andanzas.

Y así discurre la tarde, entre café, copa y puro para unos, y la complicidad que comparten tres personas en una habitación del hotel de la calle de Velázquez. Matador, apoderado y mozo de espadas, celosos de su intimidad y sin mediar palabra entre ellos, comienzan el ritual de transformar al joven en matador de toros. El silencio acompañará desde ahora al diestro, que con el tiempo justo deja la habitación.

Ya vestido de luces, monta en la furgoneta que le bajará por todo Alcalá hasta la plaza de Las Ventas. Se acercan las siete de la tarde. Del otro lado, los amigos, más amigos ahora que hace unas horas por el embrujo de las copas, arreglan cuentas y marchan camino a la plaza.

Barreras, tendidos, palcos y andanadas comienzan a perder sus huecos y llega el colorido de toda una afición que ansía, esta tarde sí, a volver a ver pinceladas de arte de mano de un torero. Todos miran el reloj de la plaza.

Y suenan clarines y timbales. Y atruenan las palmas. Y en un reloj, dan las siete de la tarde.
  • Inmerso en la soledad de un hotel
La tarde discurre para el matador en la intimidad de la habitación de un hotel, donde compartirá miedo y tensión con su apoderado y mozo de espadas, quien le ayudará a vestirse de luces.
  • Tarde para compartir con amigos
El aficionado empieza la jornada compartiendo viandas y andanzas con amigos y pasa la tarde entre café, copa y puro, anécdotas, tardes mitificadas y anécdotas engrandecidas.

Víctor M. Feliú
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